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Dos regalos que no tienen precio

A veces nos confundimos y pensamos que todos los regalos tienen que ser materiales y eso es una equivocación.

Existen ocasiones en las que podemos expresar nuestro aprecio o cariño hacia otra persona con pequeños detalles, como puede ser un regalo. Existen épocas importantes donde estos detalles representan el gran amor que le tenemos a otras personas. Posterior a ese detalle que recibimos, nos toca agradecer por el gesto que tuvo esa persona con nosotros. Sin embargo, a veces nos confundimos y pensamos que todos los regalos tienen que ser materiales y eso es una equivocación porque nosotros podemos ser regaladores de felicidad y amor a un bajo costo.

En el caso de Dios sucede lo mismo. Existen métodos que podemos usar a lo largo de nuestra vida para agradecerle.  Un método que podemos utilizar es la alabanza. Esta es la oración más perfecta y certera. También es espontánea. No hay formalismos o guías para seguir una alabanza. Alabamos a Dios con total desinterés porque se lo merece; no por obligación o porque hemos recibido favores. Su misericordia es eterna y es lo que vamos a agradecer. La alabanza no necesita más motivos: reconocemos la belleza de Dios y la celebramos.

Es un don que Dios da a las almas humildes para reconocer y elevar el Espíritu, reconociendo su grandeza, fuerza y su honor. Con ella ponemos nuestra mirada y nuestro corazón en Dios, para que sea Él quien reine en nuestro ser y se haga Su voluntad.

Otro método muy importante y bueno que tenemos a disposición es la oración. Orar es dejar que el amor hable, es un lenguaje aparte y especial. Es un lenguaje que solamente entienden los que aman;  basta un gesto, una mirada o una simple sonrisa en el momento adecuado. Tenemos que dejar que el amor actué en nosotros para nosotros hablar del amor, y poder hacer que ese amor llegue a todas las personas a nuestro alrededor.

Dejémonos conducir por el Espíritu Santo, porque el Espíritu Santo mismo es ese amor fraternal recíproco, es decir, el amor del Padre al Hijo y del Hijo al Padre.Tengamos ese corazón dispuesto a amar sin esperar algo a cambio. Entre mas sencillo, mejor. Es la sencillez la que logra un mejor estado de unión con nuestro Señor. Es más puro y transparente cuando se hace sencillo y sin complicaciones. Dejémonos llevar por ese amor fraterno y démosle ese regalo diariamente, para que veamos su mano en todo lo que hagamos y crezca nuestra relación con Él. Con esto no solo mejoramos nuestra relación, sino que empezamos a tener más fe y vamos entendiendo la voluntad de Dios.

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